martes, marzo 14, 2006

Hace dos años estuve allí

Fue nuestro momento. El momento en que milones de españoles, especialmente los jóvenes, creímos y pudimos cambiar el mundo. Tenía 25 años. Ahora tengo 27. Dos años de la flor de la vida en un jardín muy distinto al de ese 14 de marzo de 2006.

El 14-M hacía bueno en Madrid. Habían sido tres días de ruidio y furia contenida, de indignación persona, emocional, política, sintiendo la sangre, el Estado, la democracia y al ministro Acebes apelmazados en la boca de nuestro estómago. Yo me había pateado la ciudad de forma desordenada, buscando información de manera compulsiva para comprender lo que no se podía comprender: que alguien había querido herirnos en un tren; que otras personas, que ya nos habían mentido muchas veces de manera despiadada (Prestige, Irak, Urdaci como gatekeeper de la verdad) nos manipulaban para ganar unas elecciones. Recuerdo la noche del sábado por la calle Barquillo, con mi amigo Juan, argentino, que vivía desconcertado el caos en el que se había sumido España. Tomamos unas cervezas en un lugar donde ponían un funky tranquilo, hablando por unas horas de nosotros y no del atentado, de nosotros y nuestro incierto futuro, y no de Acebes y Zaplana, y no de la sangre derramada aquí y en Irak. Salimos. Hacía un frío amable, las calles estaban pobladas y bulliciosas, el sonido de los bares seguía acariciando esa fiesta en la que Madrid se convierte todos los sábados noche, una fiesta que nadie ha podido nunca clausurar, ni Al Qaeda, ni ETA, ni Álvarez del Manzano. Cuando nos dirigíamos hacia la Gran Vía, cruzando la calle Hortaleza, vi a miles de personas desfilando hacia Alonso Martínez. Al principio no sabía qué era. Luego lo supe. Me uní a ellos. Entre las caras, Pedro, cansado y alegre, con la rabia anochecida en sus ojos brillantes. Pedro, un antiguo amigo del Colegio Mayor, del San Juan Evangelista, el Johnny, la residencia de los antifranquistas cuando Franco gobernaba. Juan cogió un taxi y se fue a dormir. Seguí con Pedro. Sudábamos, cantábamos, sentíamos la necesidad de que la sociedad nos escuchase, que oyese nuestra rabia. Frente a la sede del PP, en la calle Génova, había todo un ejército de tanquetas de la Policía apuntando hacia nuestros cuerpos. Brillaban los fuselajes bajo los neones de la noche. Los helicópteros partían la luna y las nubes grises con sus aspas, esparciendo su ronquido amenazante. Pero nosotros seguimos cantando, con las gaviotas del logo del PP como único testigo. Uníamos la rabia a la fiesta de estar juntos. Nadie lanzó una piedra. Nadie hizo el más mínimo conato de agredir a la Policía. Nadie.

Habíamos tenido 8 años de Aznar. Los últimos cuatro habían sido los peores, con la derecha soberbia, subida a la parra del insulto y la descalificación, pilotando una política sin nada de social, con mucho de religión y nacionalcatolicismo y con un país incívico con su futuro: los jóvenes, nosotros, la fuerza bruta que empuja sin saber por qué, nos sentíamos vapuleados, sin pisos (ahora se ríen, ni siquiera teníamos minipisos, no había nada), sin trabajos de calidad, con lo público destrozado, con nuestro ejército en un sinsentido y personajes en blanco y negro, como Fraga, con plenos poderes para tratar de enterrar petroleros en el mar.


El 14-M hacía bueno en Madrid. Fui a votar. Fue un día tranquilo y soleado. Familias y amigos por el entorno de Plaza de España, por el templo de Debod. La tarde empezó hacerme cosquillas con la tensión de los primeros sondeos. A medida que la noche avanzaba, llamadas, mensajes al móvil, más llamadas. Me lancé a la calle. Ferraz estaba cerca. Subido a una estructura metálica para ver algo, gritando de alegría, entre miles de personas eufóricas (algunas llorando y riendo a la vez), noté cómo un periodista francés mi miraba con envidia, lo juro, con envidia. Al bajar, pidiendo una cerveza en las casetas que se habían improvisado para aquella descarga, otro periodista de la BBC me preguntó si hablaba inglés y me entrevistó. No recuerdo qué dije, pero sí que me sentía muy feliz. Habíamos cambiado el mundo. Y yo tenía 25 años. Nunca lo olvidaré. Y sí, también grité "no nos falles", ese eslogan lanzado al viento de la esperanza. Mis padres lucharon por la democracia. Yo, dentro de ella, actuando en sus hermosos contornos, me acordé de su lucha. Han sido dos años duros, pero ha merecido la pena. Tenemos leyes importantes, un Gobierno distinto con buenas ideas. También hay problemas. El principal es la reactivación de la España negra, alimentada y agazapada durante 8 años, espesos como lápidas de cementerio. Hay motivo para mirar con satisfacción estos dos años. Y siempre hay motivo para recordar nuestro pacto, el sello de ilusión con el que cambiamos España: "No nos falles, Zapatero".

1 Comments:

Anonymous Rafael Herrera Guillén said...

¿Cambiar España llama a cambiar de gobierno? Mi padre sufrió cárcel con Franco. Te diré algo en su nombre: a él Zapatero le ha fallado hace mucho tiempo.Él, y sus amigos de prisión, sí cambiaron España. El 14M se cambió de gobierno. Punto. No hay que echarse flores por ello -ni siquiera irónicamente, me parece a mí. Celebro el bien que Zapatero ha hecho a la España en la que tu vives. Tú hablas de un happening político. Tu texto, por lo demás me parece muy bonito, a pesar de la ingenuidad. Aunque casi nunca esté de acuerdo con lo que dices, tienes la manía de escribir bien. Qué le vamos a hacer. Nadie es perfecto.

10:52 a. m.  

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