jueves, febrero 10, 2005

Zapatero en San Mamés

Antonio Asencio

Publicado en www.diariodirecto.com el 02/02/2005

Hay partidos del siglo, y parece que también hay debates políticos de trascendencia secular. El problema es que en la política, a diferencia del fútbol, y al margen de los marcadores -el de ayer fue una goleada a Ibarretxe-, es difícil precisar para quién fue la victoria. Sobre Rajoy diremos que estuvo contundente, rocoso, como se esperaba. Por definirlo metafóricamente, hizo un discurso barbado, seriote, de padre de familia que, sin perder los estribos, echa una bronca al hijo rebelde. Aludió al cumplimiento de la ley y no tuvo reparos –legítimos- en recordar a los que cayeron por el camino. Aunque no estarían de acuerdo en ningún caso con el Plan Ibarretxe, señaló, el hecho de que éste se debata con ETA poniendo bombas lo hace irresistiblemente amoral. Desde el punto de vista lógico, nada que objetar.

Las dudas surgen con Zapatero. ¿Estuvo, como señalan algunos, “demasiado amable”, alimentando irresponsablemente aspiraciones nacionalistas? Nada en su discurso hace pensar eso: incardinó cualquier reforma estatutaria dentro de los límites de la Constitución, defendió –sí, defendió- la "unidad de España" y emplazó al lehendakari a comenzar una nueva reforma en la cual los que no son nacionalistas (pero sí vascos) tengan algo que decir. Todo eso lo dijo Zapatero. Entonces, ¿por qué, para algunos, estuvo "blando" o "ambiguo"? Uno de los escenarios favorables que prevé Zapatero para la solución del problema que plantea Ibarretxe (no al problema "vasco", en abstracto, como si éste existiese al margen del afán insumiso de los nacionalistas) pasa por la difícil tarea –casi épica, diría yo- de ganar las elecciones vascas. Por seguir con el símil del fútbol: ayer hubo goleada en el Bernabéu, pero lo que realmente quiere Zapatero es asaltar San Mamés. Ganar en la Catedral. Consciente de que el debate se veía tanto al Sur de Miranda de Ebro como en las profundidades del Goierri, Zapatero quiso vencer por las formas. Los argumentos, seamos francos, son irreconciliables: el 'Plan Ibarretxe' plantea un choque de legitimidades, busca la autodeterminación y viene amparado por Batasuna.

Zapatero dijo todo eso, al igual que Rajoy, pero de otra forma. Así, señaló que la soberanía española no se puede quebrar porque "si vivimos juntos, juntos debemos decidir". Y obligó a Ibarretxe a meter la pierna de una forma fea para recuperar la pelota: "lo que tenemos que decidir es si queremos vivir juntos". El presidente del Gobierno reivindicó lo vasco como algo propio y apeló al orgullo de defender el euskera; dijo sentirse tan cercano a la Ikurriña como a la bandera española. No alzó la voz. No reprochó. No amenazó. Todo estaba previsto para que, en el escenario, nada fallase: seguridad implacable, silencio sepulcral, lenguaje didáctico, elegante, habilidoso. Zapatero fue Laudrup frente a cualquier leño defensa del Athletic. Apostó por las formas.

Tal vez, la política no sólo sea el arte de lo posible, sino un arte en sí mismo. Para saber si realmente ganó, habremos de esperar a las elecciones vascas.
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