lunes, mayo 07, 2007

La responsabilidad de la izquierda con los intelectuales

En 1968, en plena guerra de Vietnam, Noam Chomsky escribió: “Los intelectuales se hallan en situación de denunciar las mentiras de los gobiernos. (…) A esa minoría de privilegiada la democracia occidental le proporciona el tiempo, los medios y la formación que permiten ver la verdad oculta tras el velo de deformación y desfiguración, de ideología e interés de clase a través de los cuales se nos presenta la historia contemporánea”.

La cuestión sobre la responsabilidad de los intelectuales en la democracia es tan antigua como la democracia. En la tradición liberal, que identificamos como la base de la democracia, los intelectuales constituyen per se un poder más del Estado –como los jueces o los periodistas- con una misión claramente identificada: decir la verdad y denunciar las mentiras de los poderes políticos. Frente a esta concepción liberal del intelectual, la derecha neoconservadora y la izquierda leninista han optado –si bien con diferencias entre sí- por el intelectual de partido.

Chomsky se preguntaba por la responsabilidad de los intelectuales de izquierda, pero creo que estamos en condiciones de preguntarnos por la responsabilidad de la izquierda con los intelectuales. ¿Qué sucede en España para que las mentiras múltiples que provienen machaconamente de un partido político no tengan una respuesta adecuada por un grupo de intelectuales independientes con cierto prestigio reconocido por la mayoría?

La respuesta más sencilla y más evidente es que en España no existen los intelectuales. Es decir, no existe el estatus político y democrático del intelectual como una figura necesaria, independiente y libre dentro de la sociedad. No existe si, en contra de lo que estamos acostumbrados a creer, el intelectual no es un ideólogo ni tampoco un periodista.

El problema ofrece soluciones si, en vez de preguntarnos por la responsabilidad de los intelectuales con la política nos interrogamos sobre la responsabilidad de la política con los intelectuales. Si miramos a la derecha, vemos que ésta constituye un poder democrático que representa poderes no democráticos (económicos, mediáticos, tecnocráticos y hasta teocráticos), y es lógico que a esos poderes el intelectual independiente, así como el juez independiente o el periodista independiente –si éste fuese capaz de darse- no le interesa demasiado. Por más vueltas que le demos, todo el tiempo invertido en pedirle a esta derecha el reconocimiento del estatus del intelectual libre dentro de una democracia es tiempo perdido. Cualquier denuncia que el intelectual haga lo convertirá en un enemigo de la patria, dentro de la teoría de Carl Schmitt. Por el contrario, no tienen ningún pudor en ensalzar y “comprar” a los tránsfugas de izquierdas que, movidos por el rencor del abandono, caen en el cinismo de vender su “venta” con el envoltorio de la “crítica”. Casos hay muchos.

Pero si miramos a la izquierda observamos con cierto desasosiego que, por motivos diferentes, la figura del intelectual crítico es en ocasiones non grata. Parece chocar con los viejos resabios leninistas de estos partidos. Una tradición que convierte en burguesa –y por tanto, también en enemiga- cualquier crítica y transforma al intelectual libre en un agente de la derecha. Con el actual Gobierno las cosas, de la mano de su presidente, han mejorado mucho, pero aún sigue habiendo entre las filas socialistas algunos pocos –siempre demasiados- que no han entendido el cambio de paradigma de lo que ha venido en llamarse “republicanismo cívico”.

La conclusión es que no podemos luchar contra la mentira múltiple de la derecha con la verdad única de la izquierda. Es en el espacio neutro e incluyente del debate intelectual, y no en la batalla mediática descarnada, donde la izquierda encontrará un seguro democrático frente a la mentira y la manipulación masiva del PP y sus medios afines. Pero esos espacios hay que ganarlos sin miedo. Cualquier espacio crítico y cívico ganado desde la izquierda para todos será indirectamente un espacio ganado también para la izquierda y, en todo caso, será una zona de seguridad frente a la mentira. Es cierto que la materia prima no es buena: la tradición liberal en España es deficiente no sólo en los partidos, sino en las universidades. Por eso la responsabilidad política es ahora mayor: es la construcción de un patrimonio inexistente, de una clase intelectual no sectaria, fanática o simplemente vendida.

No se puede construir una comunidad intelectual sólida si no consideramos, de antemano, que ha de ser independiente y por tanto asumimos la posibilidad de que nos critique. No podemos responder a las críticas de, por ejemplo, Fernando Savater, con descalificaciones. Respondamos, sí, pero con argumentos. El debate se construye debatiendo. Yo creo poder ganar un debate sobre la conveniencia de trasladar a De Juana Chaos sin necesidad de convertir en militante del PP a mi adversario, sin necesidad de ver en quien debate conmigo a un enemigo –aun en el caso de que lo sea. Tal vez deberíamos terminar de convencernos de que, con democracia, o con más democracia, con una democracia sin pudor, sin miedos, sin titubeos, habrá también, más espacio para la izquierda. Sobre todo para la izquierda.

Artículo original en El Plural

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1 Comments:

Blogger AnA said...

Creo que hay una izquierda intelectual, no sectárea que no encuentra sitio en el debate de los mass media, antonio.Ese es un problema que le toca resolver principlamente a los medios de titularidad pública. estoy de acuerdo contigo en que no se puede contestar a Savater como si fuera militante del PP, pero este conflicto de identidades en el que vive sumido una buena parte de este país y que te asigna a una u otra formación política en función de si estás a favor o en contra de lo que sea, modera el debate político como si los del PP fueran los adversarios en el descubrimiento de la verdad y los intelectuales los enemigos en el juego democrático

12:23 a. m.  

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