jueves, febrero 19, 2009

¿Qué es la corrupción?

La modernidad es (aparentemente) contradictoria. La vida del hombre occidental se ha construido sobre dos tensiones básicas: por un lado, la noción del bien común, el problema clásico de la polis; por otro lado, la satisfacción de los derechos y deseos privados de los individuos y grupos. Del primer aspecto se ocupa la democracia, y del segundo, la economía de mercado, el capitalismo. Como bien advirtió Rousseau, en la sociedad moderna, el hombre es ciudadano, y a la vez, burgués. Y la política es, o debiera ser, la búsqueda de una solución que hiciera posible la convivencia justa y ordenada de estas dos pulsiones básicas, entre ciudadanos y burgueses.

Lo que caracteriza a Esperanza Aguirre no es que sitúe el punto de equilibrio más cerca del burgués que del ciudadano. Ni siquiera que anteponga claramente el interés privado al interés público. Eso sería lo normal, lo previsible, en el pensamiento político de derechas, o –según la terminología eufemística del marketing conservador- liberal. El problema es que Aguirre no cree en el espacio público de ninguna manera. O mejor dicho, es una firme detractora de la idea de polis, de la noción de espacio público, del concepto de interés general.

Para ella, el único interés para el que cabe gobernar, es el interés privado. La política no satisface a la colectividad, sino busca maximizar beneficios a un conjunto variable de individuos que nunca significan nada más que su propia suma circunstancial. Su teoría es que, si no existiese lo público, no podría haber corrupción, porque la corrupción es consecuencia de la existencia errónea de una estructura institucional sostenida por principios compartidos y por cargas impositivas. Pero es más que la consecuencia, es la propia causa de lo público: el robo de la colectividad al individuo, los impuestos, el intervencionismo estatal.

No gobierna para el bien común, gobierna desde y para el interés privado. Por eso, no ve escandaloso que un burgués haga lo que se supone que tiene que hacer: enriquecerse. Para ella, que lo haga a costa de los recursos públicos, evidencia la maldad de lo público, no del deseo ilimitado de lucro. En la selva no debería existir la transgresión de la norma, sencillamente porque la norma no debería existir.

La virtud cívica, la necesaria contención que impone la vida en sociedad, difícilmente puede ser defendida por quien sólo cree en la búsqueda individualista del placer, entendiendo el placer como apetito de lucro. Colocar de vigilante de lo público a quien es un firme defensor del absolutismo del interés privado, es como poner al lobo a cuidar de las gallinas. Tarde o temprano, no resiste la tentación de comérselas.

Pero, en el desprecio a esa idea superior de bien común, hay un desprecio implícito a la política. Rajoy tiene el difícil reto de construir una derecha civilizada, que crea en la política, que no desprecie lo público. Que, al menos, mire a los ciudadanos.

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martes, febrero 03, 2009

Canibalismo

El gancho

Según la definición al uso, el canibalismo es la práctica de alimentarse de miembros de la propia especie. Para la mayoría de las culturas, el canibalismo es un tabú infranqueable, la última norma que se puede transgredir, el símbolo de la degeneración (pérdida del género) total. El canibalismo, cuando se produce, o es una práctica justificada e integrada en la cultura (hay culturas caníbales), o es un acto impulsivo de supervivencia que surge cuando los miembros de la especie no tienen de qué alimentarse.

En la mitología griega, el canibalismo hace su aparición en la figura de Cronos, que devoraba a cada hijo suyo que nacía, ante el miedo a ser destronado por uno de éstos. Goya lo tradujo, latinizado, en unas fieras imágenes que representaban a Saturno en toda su crueldad. Luego, hemos tenido casos, como el del equipo de rugby que se perdió en los andes. Y películas, como “Cuando el destino nos alcance”, en el que la sociedad transformaba a los cadáveres en populares galletitas; o el célebre “Silencio de los corderos”, con Hanibal Lecter reinando sobre el trono de la brutalidad calculada.

Salvando las distancias, el canibalismo es también, es, metafóricamente, una práctica que puede darse en política. Hay quien se come a sus hijos para salvaguardar su trono. Hay devora al compañero cuando no hay nada que llevarse a la boca. Hay quien fagocita al de su especie porque forma parte de su cultura política.

No sabemos cuál de esas formas de canibalismo se ha instalado en el PP madrileño, que la esencia concentrada del PP nacional. Tal vez todas, y alguna más. El odio personal y la desconfianza son ya el único elemento en común entre facciones y tribus, unidas por un difuso sentido de pertenencia a una derecha que siempre actuó devorando a los demás, y que ahora se devora a sí misma.

Pero tres aspectos deberían hacer reflexionar a la izquierda.

Primero, el liderazgo de Rajoy está ya herido de muerte y durará, previsiblemente, hasta las europeas, momento en el que se abrirá una etapa de redefinición ideológica, social y política de la derecha. ¿Y si lograran completar el eterno viaje al centro?

Segundo. No nos hagamos ilusiones. Los votos que ahora se fuguen del PP a Rosa Díez, volverán al PP si este partido se endereza.

Tercero. Hemos asistido a la entrada de PRISA y de El País en la guerra interna del PP, y esto puede tener un trasfondo que desconocemos. ¿Qué intereses hay detrás? ¿Qué pactos? ¿Qué señales a Zapatero?

Cuando dejen de devorarse unos a otros, se irán despejando estas claves.

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viernes, enero 16, 2009

Que hablen de Palestina

El gancho

Que hablen. Tenemos derecho a exigírselo, y así lo ha hecho Zapatero, pero yo voy más allá. Que hable Rajoy, que hable Rouco, que hable el Foro de la Familia, que hable Fernando Savater, que hable Rosa Díez, que hable la COPE, que hable Basta Ya. Que todos los beligerantes defensores de sus principios, que los guardianes del tarro de las esencias de la unión, el progreso y la democracia en este país, hablen y expresen, en libertad, sin reparos, pero sin cortafuegos ni cortinas de humo, su posición ante la ofensiva israelí. A favor, o en contra.

Cuando se produce un genocidio, cuando mueren civiles hablar es una obligación moral. En esto, sigo la afirmación de la judía Hannah Arendt (ahora que el presidente la cita, me animo yo también), de que, en política, la palabra es acción. Y lo decía una persona que, precisamente, padeció los rigores del silencio cómplice de algunos, ante el holocausto, el exilio, la opresión que sufrieron los judíos en la Alemania nazi. Por tanto, que salga hasta la última palabra de los rincones de las conciencias. No podemos entrar en guerra, pero, como decía Blas de Otero, “me queda la palabra”.

No creo que se pueda admitir, por mucho más tiempo, el truco alambicado de las medias tintas, de los cerros de Úbeda revestidos de falso intelectualismo (“esto es muy complejo”, “las dos partes son responsables”…etc). Si el conflicto era complejo, la política debería haber sido el único camino. Si Hamás es un grupo terrorista, se le debía haber perseguido policialmente, dentro de los límites del Estado de Derecho y respetando a la población civil. Si Palestina es un país no reconocido por Israel, no puede ser objeto de una guerra por parte de su propio Estado.

Pero acudir a los tanques, los bombardeos y los civiles muertos es reducir la complejidad del problema a las ruinas del odio más básico. Los matices políticos, se disuelven en el drama humano del desgarro, de la pérdida y de la destrucción injustificada, en una tierra demasiado teñida por la desesperación, y demasiado acostumbrada a que se imponga la lógica de la venganza, en lugar de la lógica a secas.

No hay nada de heroísmo en el exceso militar, la desproporción bélica y el dolor que está causando Israel en una población infinitamente más débil. Hay, eso sí, mucho de culto a la fuerza y de exhibición del poder, y deberíamos saber en qué ciudadanos españoles anida ese mismo ánimo, cuando demonizan cualquier tipo de diálogo, en cualquier tipo de circunstancia.

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miércoles, enero 07, 2009

La crisis de la crisis

El gancho

En las últimas semanas, han aparecido, simultáneamente, tres encuestas que amplían la ventaja del PSOE en relación al PP. Las tres han tenido un efecto demoledor sobre la moral de la derecha pero, sobre todo, han significado un desmentido general a la predicción de algunos medios de comunicación –especialmente, los críticos con el Gobierno- sobre los efectos demoscópicos que la crisis económica iba a producir en la ciudadanía. Pensaban que el binomio crisis económica-desgaste del Gobierno era una ecuación inevitable, casi matemática; que los datos del paro tendrían un efecto directo y previsible sobre la opinión pública.

Lo que estas encuestas han demostrado, es que cierta interpretación de la crisis, está en crisis. En concreto, están en crisis las atribuciones simplistas e intencionadas de la responsabilidad sobre el aumento del paro y las negativas cifras macroeconómicas. Está en crisis mirar al 2009 con los mismos argumentos que la derecha utilizó en 1993 (el fenómeno es completamente diferente), y está en crisis minusvalorar la capacidad crítica de una ciudadanía cuya comprensión de los acontecimientos que sacuden el mundo es más profunda y compleja de lo que algunos creen.

No resulta tan sorprendente el resultado de los sondeos, como la sorpresa de algunos ante los mismos. ¿Tan difícil resulta comprender que la complejidad de lo que estamos viviendo es demasiado evidente, no sólo para analistas sesudos, sino para el conjunto de la ciudadanía? Cuando los in-puts informativos apuntan a una interconexión de causas sin precedentes (desde las hipotecas subprime americanas, hasta la debilidad del sistema financiero internacional, pasando por la inestabilidad del precio del crudo, escándalos antológicos como el de Madoff y quiebras de prestigiosos bancos europeos), pensar que un chorreo de titulares negativos va a convertir a Zapatero o Solbes en responsables directos de lo que está sucediendo, es confundir los deseos con la realidad.

De todo esto podría extraerse una aleccionadora conclusión: que depositar las esperanzas políticas en que las cosas vayan mal, es más propio de la desesperación que de una alternativa sólida, capaz de ofrecer propuestas y soluciones. Pero es también producto de una limitada comprensión de cómo funciona nuestra sociedad, de una escasa valoración de la capacidad de los ciudadanos para formarse juicios propios, y no reproducir los esquemas que se suministran desde determinados foros.

Hace unos 40 años, Umberto Eco, en sus innovadores estudios de semiótica, refutó las teorías deterministas (aquellas que decían que los medios tienen el poder casi absoluto de dirigir la opinión pública) con un hallazgo, a menudo olvidado. Descubrió que, en contra de lo que suponían los psicólogos conductistas, el lector/espectador es un sujeto activo con capacidad de resistencia cognitiva frente al asedio mediático. Dicho con otras palabras, que era capaz de ejercer una lectura crítica y autónoma de lo que acontecía ante sus ojos.

Desde los aciagos días del 11-M, la derecha mediática y política repite, una y otra vez, la misma estrategia, y cada sondeo les devuelve a la misma frustración. Desde hace algunos años, no comprenden a los ciudadanos.

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martes, diciembre 23, 2008

Que no resucite el halcón

El gancho

El precedente es malo, pero puede servir de alerta. La crisis de los 70 se saldó con un giro conservador que duró casi dos décadas. En el río revuelto de la desconfianza, Tatcher y Reagan capitalizaron el descontento ciudadano con un discurso basado en el orden, la vuelta a las tradiciones, la familia y el mercado desregulado. Y, aunque los autores intelectuales de aquella crisis, militaban en sus filas, la derecha pudo ocultar este hecho, y desplazar a laboristas y demócratas con una apelación al trabajo duro, al orden social, al mérito individual y al Estado Leviatán. Mensajes simplificados basados en valores éticos, y no en soluciones o análisis racionales sobre el origen y la naturaleza de la crisis, que se demostraron efectivos para librar y ganar aquella batalla política.

Resulta paradójico, pero comprensible. Los años 80 fueron nefastos para una clase media que, sin embargo, los siguió votando. Se limitaron y recortaron prestaciones sociales, se hizo una política fiscal claramente perjudicial para las rentas más bajas, y se desmanteló, ideológicamente, el Estado del Bienestar. Pero las apelaciones culturales y morales fueron más fuertes y efectivas que la dura realidad económica. En definitiva, creo que los conservadores comprendieron que, cuando se emplea y generaliza la palabra crisis, cuando los tentáculos semánticos de esta idea se extienden por todo el espectro social, atenazando las esperanzas de la gente, lo que queda más profundamente afectado y debilitado es el sistema moral, la cultural, el suelo ético. Y ahí dieron duro, tanto Thatcher como Reagan.

La táctica fue culpar de la crisis económica a la apertura social, al progreso en todos los ámbitos civiles, que se había vivido desde los años 60. Vincularon el desplome de la economía con la conquista de los derechos cívicos. Dicho de otro modo: presentaron las libertades individuales como expresiones de una sociedad decadente. El peligro que hoy corremos en nuestro país es similar. Ya vemos a algunos que, en vez de lugar de hablar de Madoff, critican al mayo del 68. Y si la izquierda no hace comprender -¡rápido!- que la crisis es la traca final, el último eslabón de una larga etapa neoconservadora y neoliberal (dos cosas distintas, pero que suelen ir de la mano), la derecha propagará el mito de la patria recuperable, del país que se perdió y que hay que restaurar, de la vuelta al orden natural de las cosas. Un discurso emocional para clases medias huérfanas de referentes, que puede valer como descripción sencilla del caos y como receta frente a éste.

Es cierto que hoy tienen difícil repetir aquella operación ideológica. Los gigantes financieros han caído como dogmas. Madoff es una metáfora de todo lo anterior: el declive del capitalismo del capitalismo, del dinero que se vende a sí mismo, de la plusvalía sin origen y la expectativa convertida en producto, sin certificado de retorno. Marx no hubiese concebido peor pesadilla. Pero sí Milton Friedman y sus discípulos. Y aquí tenemos la tragedia, representada en toda su magnitud.

Pero hoy no pueden volver a salirse con la suya. No hay que cambiar de sistema –como nos quieren hacer creer Carlos Taibo y cierta izquierda extrema-, sino al sistema, en sí mismo. De cabo a rabo, es cierto. Y hay que empezar por identificar a los “autores intelectuales” de esta crisis, y ponerlos donde se merecen.

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lunes, diciembre 15, 2008

Bajo los adoquines…

Anda la señora Aguirre, y sus cachorros jóvenes, celebrando actos contra el mayo del 68. Como sigan así, terminarán levantando barricadas contra aquel movimiento, y pintando contraeslóganes en las pareces: “Obligatorio prohibir”, “debajo de los adoquines, más suelo para especular”, “seamos realistas, pidamos el despido libre”, se me ocurre –podríamos hacer un concurso de pintadas neocon, aquí dejo la propuesta.

Luego, acusarán a los demás de perder el tiempo mirando al pasado. Supongo que forma parte de la guerra ideológica del ala dura del PP, el tener el careto de hormigón armado, para arrogarse el derecho exclusivo a revisar la historia, mientras se acusa a los demás de querer hacerlo. Una ofensiva ideológica, por cierto, hecha con trabucos y tirachinas, y no sabemos si contra el PSOE o contra parte de su Propio Partido (PP).

Dicho esto, sorprende que una mujer de la talla intelectual de Esperanza Aguirre no comprenda que el mayo del 68 fuese precisamente un movimiento más liberal que libertario, más burgués que comunista. Deberíamos hacer un esfuerzo pedagógico (basado, como reclama ella, en la autoridad y la disciplina) para que lo entendiera, porque de seguir así, terminará arruinando sus propias raíces liberales.

En primer lugar, le recordaría que el mayo del 68 no fue un movimiento de la izquierda contra la derecha, como ella mal presupone. Sino de la sociedad civil frente a una concepción autoritaria del poder. Prueba de ello es que sucedió en París, en Berkeley, en México, frente a Estados conservadores y apolillados; y también en Praga, contra la dictadura comunista (llámese Primavera de Praga).

Le recordaría, por lo que a ella le atañe, que en el 68, empezó la lucha de las mujeres contra la cultura patriarcal, y gracias a ello, hoy ocupan puestos de responsabilidad política, como la propia Presidenta.

Que en el 68 los negros dijeron “no” a la discriminación (ver discurso de Martin Luther King, frente al Capitolio) y hoy, en EE.UU. un afroamericano es presidente.

Que los homosexuales gritaron “basta” a una sociedad que los construía como sujetos enfermos y desviados, y reclamaron un estatus de ciudadanía, que hoy disfrutan en muchos países.

Que la sociedad civil reivindicó su derecho a organizarse autónomamente, sin la tutela del Estado o la Iglesia, y hoy proliferan asociaciones de todo tipo, que enriquecen nuestro espacio público (muchas de ellas, de derechas).

Bajo los adoquines, tal vez, no había arena de playa (estará debajo de las nuevas urbanizaciones de la costa del Levante). Pero sí había más liberad, más respeto a las minorías, y la conciencia, ya sin vuelta atrás, de que la sociedad sólo sería un proyecto viable, si incluía a todos sus miembros. Hoy, la derecha papista de Aguirre, vacía de ideas, y llena de resentimiento, rema en sentido contrario.

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lunes, noviembre 24, 2008

La “batalla de las ideas” de Aguirre

Hace ya bastantes años, el filósofo y asesor político Allan Bloom, profesor de Paul Wolfowitz en la Universidad de Chicago y de algún otro halcón de la Casa Blanca, recomendó a Bush Padre que llegase a Bagdad y derrocase a Saddam Hussein. Ya que estaban en guerra con Irak, con motivo de la invasión de Kuwait, debían llegar hasta el final. Bush padre desoyó aquel consejo y, desde entonces, la derrota del dictador iraquí se convirtió en una obsesión para los neoconservadores americanos.

Aquella frustración bélica está en el origen de la ofensiva neoconservadora que ha dominado hasta la reciente derrota de Bush hijo, y cuyas consecuencias conocemos todos.

Es oportuno hoy recordar la figura de Allam Bloom (padre ideológico de los neocon) para despejar la empanada mental que Esperanza Aguirre y Aznar están provocando en la derecha española, a cuenta de lo que ellos llaman “la batalla ideológica”, emulando a sus homólogos norteamericanos.

El concepto de “batalla ideológica” no es, propiamente dicho, patrimonio de la derecha, sino de la izquierda. Los neoconservadores lo adoptan –y lo adaptan- de Antonio Gramsci, que ya habló de “guerra de posición”, es decir, lucha comunicativa para propagar el pensamiento marxista, como paso previo a la revolución del proletariado.

En la revolución de las costumbres de los años 60, los conservadores –no los liberales-, comprenden que el pensamiento progresista ha ganado la batalla de las ideas. El mundo cambia, y no precisamente hacia las posturas conservadoras. Esto les hace recapacitar y empiezan a tejer una red de think-tanks con recursos suficientes para elaborar mensajes que, divulgados por los medios de comunicación afines, recuperen el espacio social perdido. En España, Aznar copió la táctica y creó tanques de pensamiento como la FAES, o el GEES.

Cabe aquí hacer una precisión importante. La “batalla ideológica” que plantean los neocon, constituye, en sí misma, una lucha frontal contra la izquierda en todos los ámbitos: social, político, económico, mediático y cultural. Se basa en la distinción que hace el filósofo alemán Carl Schmitt entre “amigos” y “enemigos”, según la cual, la política imita a la guerra. ¿Qué consecuencias prácticas tiene esta postura, que ahora quieren adoptar Aguirre y Aznar, frente a la opción más moderada de Rajoy? La principal consecuencia es la política entendida como intervención constante y contundente en el espacio público. Efectivamente, ¿cómo se puede “hacer la guerra” sin intervenir? Esta es la explicación por la cual el Gobierno regional de Aguirre es intervencionista al máximo: con una Telemadrid convertida en la televisión del partido, todas las licencias de televisión otorgadas a medios afines, médicos cesados de sus funciones por motivos ideológicos, y la presidenta maniobrando para poner y quitar a presidentes de cajas de ahorros. ¿Cabe más intervención por parte de un poder público?

Desde luego, Aguirre es consciente de que se ríe de todo el mundo cuando se reivindica como liberal: estas contradicciones, más que formar parte del cinismo habitual en política, nos hablan de un relativismo moral indecente. Ese es otro de los engaños de esta “batalla ideológica”: culpar a otros de un relativismo moral propio y evidente. De reclamarse como lo que no se es, de mentir, de manipular, de maniobrar con fines torticeros contra tus compañeros de partido, anteponiendo los intereses personales a los colectivos. Eso es relativismo moral.

El problema es que no basta con rasgarse las vestiduras. Hay que pasar a la ofensiva. Si la izquierda se contenta con escandalizarse, pensando que el sentido común del ciudadano medio castigará a Aguirre, podemos llevarnos una desagradable sorpresa. Esto es, precisamente, lo que ha ocurrido en EE.UU, durante varias décadas de nefasta hegemonía de los republicanos. Aquí, estamos a tiempo para evitarlo. La batalla de las ideas, si la libramos, la ganamos. Pero hay que lucharla.

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martes, noviembre 11, 2008

Silencio en el PP

Lo que caracteriza al PP actual no es la moderación en sus posiciones, sino la ausencia de éstas. Estamos ante uno de los momentos políticos más críticos de los últimos 20 años, con una crisis mundial de vértigo, con el primer afroamericano elegido presidente de los EE.UU., con España en el G-20 y doña Sofía hablando, y el PP no dice ni “mú”, más allá de los formalismos al uso.

Este perfil bajo, esta apatía verbal con la que parecen levantarse los populares todos los días, contrasta poderosamente con la beligerancia de la legislatura pasada, marcada por el estruendo simbólico y el exceso semántico. En cambio, ahora el silencio reina en las huestes de Rajoy, y eso es, sin duda, sospechoso de que algo está pasando detrás de los biombos, que es donde se escribe el guión de la obra.

Creo que este silencio hay que leerlo en clave interna. No hay apaciguamiento ni olvido de la ideología neocon. No confundamos la moderación con el centro. Este es un silencio que oculta una tensa espera. En el PP, la gente aguarda un los preámbulos del cataclismo, una leve señal de derrota, para lanzarse a la carrera por el control del partido. Por eso, nadie quiere enseñar sus cartas o, dicho en la jerga política, “quemarse”. Se guarda la munición, no se dan pistas al contrario, se preservan las fuerzas.

No hay confianza en la victoria, por ello, nadie habla ni opina. En política, opinar es asumir un riesgo, pero es también una inversión a medio o largo plazo, rentable si la opción elegida es la ganadora. Y nadie parece querer invertir en el proyecto de un Rajoy que cada día cotiza a la baja con valoraciones pésimas y patinazos como el del desfile de las fuerzas armadas.

Esto no es sólo perceptible en Esperanza o Gallardón, como cabezas visibles de las fuerzas telúricas que colisionan en las entrañas de la derecha española: los cargos intermedios, los líderes autonómicos, los delfines y hasta las ballenas cierran bien el pico y abren bien las orejas para ver por dónde va a ir el vendaval. La tensión sólo se verbaliza en la prensa conservadora, dividida en los dos bloques que el propio partido no puede ya ocultar.

A estas alturas, y visto lo visto en Navarra, es obvio que el Congreso de Valencia se cerró en falso. Rajoy se sucedió a sí mismo en una extraña pirueta de resistencia política, y muchos se preguntaron si no actuaba como caballo de Troya de un tapado cuya identidad se nos revelaría a mitad de travesía. En cualquier caso, ya todo el mundo sabe que habrá odisea en el PP.

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lunes, noviembre 03, 2008

La Reina habla

El error de la Reina no ha sido tanto expresar opiniones que la sitúan en el espectro más conservador de nuestra sociedad, como el mero hecho de expresarlas. En su caso, como en el caso de cualquier familiar real en una monarquía parlamentaria, la institución es la persona. Y la institución, en este caso, se define por su neutralidad política: se reina para todos, no para unos pocos. Por tanto, si la Reina se hubiera expresado en otros términos, si hubiera manifestado posiciones próximas a la izquierda, su error habría sido el mismo: hablar, tomar partido, extralimitándose de las funciones que le atribuye la Constitución. Por tanto, primer error.

El segundo, a mi juicio, ha sido ponerse en manos de una periodista nada imparcial ni neutral como es Pilar Urbano, miembro del Opus Dei, eso sí, lo suficientemente astuta como para conducir a la Reina por caminos peligrosos y hacerla meterse en charcos que sólo alimentan la polémica, aunque dañan considerablemente a la institución.

El tercero, es que, además de hablar, aparte de opinar, la Reina ha defendido sus posturas con unos argumentos sencillamente inaceptables en una sociedad moderna y democrática que se gobierna a sí misma. Para criticar el matrimonio gay, por ejemplo, ha dicho que las “leyes civiles” no pueden estar por encima de “las leyes naturales”. Y sorprende que, quien eso dice, es Reina en virtud precisamente de una ley civil, y no natural. A no ser que ella piense lo contrario, en cuyo caso deberíamos regalarle una Constitución Española y los capítulos en vídeo de la transición de Victoria Prego. Los homosexuales, les recuerdo, pagan sus impuestos como el resto de ciudadanos –en eso siempre han sido iguales-, y contribuyen al mantenimiento de la Corona.

En su defensa de la enseñanza religiosa, Doña Sofía argumenta que los niños deben recibir una explicación del origen del mundo, lo cual implica que el origen o la explicación científica de nuestra evolución que se enseña en las escuelas no es válida. Tampoco conocíamos la deriva creacionista de Doña Sofía.

Y para rematar, Doña Sofía alude a la violencia machista señalando que “ha ocurrido siempre”, y que la preocupación social por este tema tiene un efecto negativo ya que “se produce un contagio, se dan ideas que otros imitan”.

Estos tres errores, la decisión de hablar, la de hacerlo a una periodista parcial muy identificada con el sector más conservador de la sociedad española, y hacerlo ofreciendo opiniones y argumentos ampliamente discutidos y rechazados, han hecho un daño considerable a la Corona, y ha dado argumentos a los republicanos. Si la Reina habla, si toma partido, se cae definitivamente la barrera de silencio que la protegía de las críticas que, hasta este momento, habían sido minoritarias.

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martes, octubre 28, 2008

Estar o no estar

Al PP la crisis financiera internacional le ha pillado a contrapié en todas sus etapas, pero especialmente torpe ha estado la derecha ante la iniciativa de Zapatero de mover ficha para estar en el G-8 ampliado. Rajoy tenía “a huevo” haberse adelantado, y haber pedido al Presidente que hiciera valer el peso internacional de España para acudir a la cumbre.

Si el PP se hubiese adelantado, cualquier resultado les hubiese favorecido. Porque si el Presidente se negaba, era un timorato, un dirigente incapaz de proponerse grandes retos. Si Zapatero accedía a intentarlo, pero no lo conseguía, la derecha podría haber hacer sangre con la política exterior y de alianzas del Gobierno. Y si Zapatero lo intentaba y lo conseguía, el PP compartiría medalla con el Gobierno, apareciendo como un Partido responsable y colaborador en tiempos de crisis, y capaz de lanzar buenas propuestas.

La relación coste-beneficio de adelantarse era muy alta para cualquiera de los dos partidos, pero es mucho lo que el PP ha pedido con esta distracción. De entrada, ZP ha recuperado el protagonismo político y se ha sacudido el estigma de inacción que el PP trataba de endosarle. ¿A cambio de qué? En apariencia, Zapatero corre el riesgo de fracasar y dilapidar su crédito político. Pero sólo en apariencia. Se trata de una apuesta personal, muy medida, que difícilmente se volverá contra él, por varios motivos.

Por una parte, el PP se ve en la obligación de apoyar, por patriotismo, la decisión del Presidente, y después de que Rajoy haya dicho que el desfile de las fuerzas armadas era un “coñazo”, no están para más flaquezas en este ámbito. Ya les perjudica el hecho de que estén apoyando a Zapatero a regañadientes. ¿Por qué Rajoy no hace valer su amistad con Sarkozy y Angela Merkel para ayudar al Presidente? ¿Por qué Aznar, tan hiperactivo contra la lucha contra el cambio climático, no telefonea a su amigo Bush? ¿Dónde está la elevación del PP por encima de los intereses partidistas y su trabajo por que España logre algo de vital importancia en estos momentos? ¿Desea, acaso no muy secretamente, el PP que el Gobierno fracase?

Por otra parte, si la operación sale, será un éxito casi exclusivo de Zapatero. Y si fracasa, Rajoy lo tendrá complicado para criticar algo que ellos mismos no consiguieron, foto de Azores y Guerra de Irak mediantes.

Efectivamente, el Gobierno ha hecho lo que tenía que hacer. La cuestión, ahora, es estar o no estar. En un mundo sacudido por los temblores del sistema financiero; un mundo que se reordena, que cambia las fronteras de sus alianzas y sus bloques de poder, con el gigante asiático agitándose, la cuestión no es ser o no ser, sino estar o no estar. Buscar el escenario adecuado, y saltar a él. Estar en el G-8 ampliado o en el organismo que se cree, con las naciones emergentes. Estar es una posibilidad, pero también una necesidad. Y es una aspiración legítima, a cuyo logro todos deben ayudar.

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martes, octubre 21, 2008

Más política para el mundo

La crisis económica ha exigido más política. Frente a la doctrina de la desregulación globalizada, ahora se impone la receta de la globalización de las reglas. Puede ser que nos hayamos dado cuenta de que, como decía Ralf Dahrendorf (nada sospechoso de socialismo), la libertad no puede equivaler a la impunidad ni a la pérdida de las responsabilidades cívicas o políticas que generaría un “mundo desbocado”.

Y, en esa línea, puede que esta crisis sea el primer paso hacia la creación de un espacio político mundial. Un espacio, me refiero, sustantivo y normativo: gobernado por las mismas reglas de juego, cuyo cumplimiento esté garantizado por instituciones comunes. ¿Ideal kantiano? Más bien, solución pragmática. Tarde o temprano, la Conquista del Oeste en la que había degenerado la fusión de los mercados financieros tenía que explotar por algún lado.

Pero para crear un espacio económico garantista, no basta con dineros superlativos ni reuniones en las alturas. Hay que pasar a la acción y crear toda una arquitectura institucional nueva, que entierre al FMI y al Banco Mundial, y acceda a la participación de otros países. Se debe poner fin al desajuste entre un mercado económico globalizado, y unos entes reguladores regionales y, por tanto, esquivables.

Ahora que hemos pasado del “¡desconfiad del Estado!” neoliberal, al “¡más Estado!” de nuestros días, tenemos una magnífica oportunidad para restituir el valor de lo público, como garantía de la libertad, frente a quienes entienden la libertad como poder (económico) no regulado ni limitado.

Por eso va a ganar Obama, y por eso puede ganar Gordon Brown. Esta crisis tiene sustrato ideológico, aunque a la derecha le moleste y trate de situarnos en el fin de la historia cada dos por tres.

Y por eso, la Unión Europea, que avanza históricamente a golpe de crisis, podría pegar un estirón y alcanzar la mayoría de edad. Esta crisis, recuerdo, también es la crisis de los euroescépticos y cómplices, que no son quienes pensamos, sino aquellos “Business men” que se quisieron una UE mínima en sus principios, y máxima en su extensión.

Sin una voz política fuerte en un mundo polarizado por EE.UU. y el gigante chino, los europeos seremos un apéndice del nuevo orden que, en pocas semanas, va a cambiar el rumbo de nuestra historia.

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miércoles, octubre 15, 2008

Codicia

Resulta conmovedor, e ilustrativo a la vez, oír al Comisario de Economía de la UE, Joaquín Almunia, echarle la culpa de la debacle de los mercados a la “codicia”. Parece que, cuando los números crujen dramáticamente a la baja, la ética se cotiza al alza. Nadie pronunció la palabra “codicia” cuando bancos, entidades financieras, sociedades de inversión devoraban mercados regionales, o se fusionaban en una especie de erótica de la desregulación sin fin.

Cuando un Comisario de Economía describe la crisis recurriendo a la épica bíblica del bien y el mal, del castigo como consecuencia automática del pecado, es que la situación ha llegado a tal punto, que la única respuesta es que no hay respuestas. Tal vez por eso, esta crisis no es sólo económica, sino ideológica y de principios. Ha fallado el mercado financiero, ha fallado Wall Street, han fallado los bancos privados y los bancos centrales, pero, sobre todo, han fallado los principios sobre los que se sustentaba la globalización liberal: confianza plena en el crecimiento ilimitado, fe en el equilibrio del mercado, la falta de reglas como única regla.

Hasta ahí, muy bien, pero asoman dos preguntas sin respuestas claras. La primera, ¿qué ha pasado? Y la segunda, ¿hacia dónde vamos ahora? La primera la responderán, a su conveniencia, las mismas instituciones que han permitido que esto ocurriera, y por tanto nunca sabremos realmente qué pasó. La última, la va a tener que responder, en pocos meses, un presidente negro (ahora, cuando han descubierto que ser negro no resta votos, la derecha se apresura a decir que “Obama no es negro”, como acusándolo de parecerlo), pero hasta entonces, ni si quiera hay debate. No lo hay, porque nunca lo hubo. Y ese fue el verdadero triunfo de la derecha, el origen de su imperio cultural: secuestrar ideológicamente a la izquierda (Tercera Vía, doctrina Clinton), haciéndola vestirse de un liberalismo inverso, es decir, libertad para todos, menos para la intervención del Estado.

Por ello, los intentos de la izquierda europea y española de capitalizar la crisis, sólo pueden ser tímidos escarceos. Es cierto que la voracidad neoliberal sin frenos ha visto en la derecha neconservadora su principal aliado. Pero no es menos cierto que la izquierda europea nunca planteó una alternativa clara y convivió sin mayores problemas con la fórmula de “ser de izquierdas en políticas sociales, y liberales en política económica”. Si la utopía neoliberal se ha derrumbado en este otoño, la izquierda como apaciguada compañera de la derecha por la senda de la globalización de los mercados, también puede estar viviendo sus últimos días. Si la izquierda no es dialéctica, si no es crítica, si no es transformadora, ¿qué es? ¿qué nos queda?

Por ahora, volver, con honestidad ética, y con rigor intelectual, al origen de nuestra identidad negativa, resumido en el título de ese pequeño libro de Lenin: “¿Qué hacer?”

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lunes, septiembre 29, 2008

La financiación local a debate

Al lío permanente de la financiación autonómica, se ha añadido el lío insurgente de la financiación local. Con alcaldes levantados en armas, alianzas de regidores de PP y PSOE unidos bajo una misma causa, y la Federación Española de Municipios y Provincias convertida en un campo de batalla partidista, este embrollo no ha hecho más que comenzar. Un embrollo que, lógicamente, sale a la luz justo ahora, cuando la venta de suelo deja de ser una fuente de ingresos municipales, debido al parón en la construcción, y la crisis les impide endeudarse al ritmo al que lo estaban haciendo.

La noticia de que el faraónico Gallardón suspende la licitación de obra nueva, por la elevadísima deuda del ayuntamiento de Madrid, ha hecho saltar todas las alarmas. El soterramiento de la M-30 se ha tragado no sólo los coches, sino las futuras guarderías y centros sociales. ¿Qué ha hecho el regidor? Como era previsible, justificar su propio despilfarro, escudándose en la deficiente financiación local.

Porque es cierto que los ayuntamientos necesitan una mayor, y mejor, financiación. Pero este problema no puede ser la coartada perfecta para alcaldes manirrotos, populistas o sencillamente irresponsables, que convierten su gobierno en una campaña de pan y circo permanente, con el único objetivo de ganar las siguientes elecciones. Cuando han vaciado las arcas municipales con infinitos gastos de protocolo, con festejos impúdicamente sobredimensionados, y obras que no son de su competencia que asumen como propias para ponerse la medalla, miran al Gobierno y dicen: ¡más dinero!

Falta financiación local, es cierto, pero falta también mucha transparencia y mucho más control en los ayuntamientos.

Esta circunstancia, no invalida otra de las reivindicaciones de los regidores: que se produzca, de una vez, la segunda descentralización, desde las autonomías a los ayuntamientos. A estas alturas, parece evidente que, en materia de financiación, la anorexia local viene derivada de la vigorexia autonómica.

Los ayuntamientos, en fin, deben dejar de ser el eslabón perdido del Estado. Necesitan más financiación, competencias más definidas, y también más control presupuestario.

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martes, septiembre 23, 2008

El Gobierno y la crisis

El PP ya tiene un nuevo lema con el que inundar ondas, páginas y pantallas: “El Gobierno no hace nada para frenar la crisis”. Lo hemos vuelto a oír en el Congreso del PP regional, que tantas heridas ha cerrado en falso, y lo oiremos durante estos cuatro años, repetido hasta la saciedad, como una letanía insoportable, inmune a la acción del Gobierno pero, sobre todo, a la realidad.

Hay que reconocer que son unos genios en el arte de crear, divulgar y colocar, en la boca de una parte importante de la sociedad española, un axioma fácil, un lugar común, pegadizo, sencillo de recordar, y directo como un punch, para dañar al PSOE. El PP cuenta con una gran ventaja para usar esta técnica de comunicación: sus votantes –más fieles- son más proclives que los de izquierdas a asumir verdades indemostrables y reveladas. Llevan siglos haciéndolo. Y es de una enorme eficacia, porque el lema sintetiza un razonamiento, elimina los matices y crea en el cerebro del receptor un “marco” cognitivo firme y difícil de modificar.

Aznar halló en su sencillez –o escasa estatura política, según se mire- la clave de su éxito. Retomó de Goebbels la receta del lema repetido y de la oposición al Gobierno, pasó del “Márchese, señor González” al “España va bien”. Frasecillas de poca monta, pero tan penetrantes como el slogan de Curro en el Caribe. Luego, Rajoy repitió la jugada con el “España se rompe”. Ahora llega “el Gobierno no hace nada”, y han conseguido –con la inestimable ayuda de algún grupo de comunicación supuestamente progubernamental- que la idea cale más allá de las fronteras de la derecha. Y ahí el Gobierno debería preocuparse.

¿Cómo darle la vuelta al “frame” mediático-cognitivo? Hasta ahora, el PSOE ha contraatacado con la siguiente idea: “el PP debería ayudar en vez de criticar”. Pero creo que no sirve, porque la gente entiende que la obligación de la oposición es, precisamente, resaltar y poner de manifiesto los errores de quien ocupa el poder. Por el contrario, si se han hecho muchas cosas, y el PP las obvia, tal vez sea bueno preguntarse por qué y hallar ahí la clave.

Tal vez, yo les diría: el PP dice que no hacemos nada, y en parte tienen razón. No hemos privatizado la sanidad o la educación, como hace Aguirre; no hemos liberalizado el despido; no hemos recortado el gasto social; no hemos liquidado la ley de dependencia. No hacemos nada de lo que haría la derecha para afrontar una crisis. Y como nuestras medidas no van dirigidas a ellos, seguirán sin verlas.

Porque está claro que la crisis varía según el cristal con el que se la mire.

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lunes, septiembre 15, 2008

Próximo mapa político

En política, el mapa que nos explica dónde nos ubicamos, no es espacial, sino temporal. En el horizonte próximo, tenemos unas europeas, unas gallegas y unas vascas. Tres hitos que convierten el calendario político en un continuo test para Zapatero.
Hagan sus apuestas. Mi pronóstico es: dificultades para el PSOE en las europeas, debido a la baja participación y al más que probable voto de castigo por la gestión de la crisis; Touriño repite o mejora el resultado en Galicia; y victoria de Patxi López en Euskadi.

Inmediatamente después, llega presidencia española de la UE, de la que Zapatero podría salir reforzado para afrontar la segunda parte de su mandato, con un contexto económico probablemente favorable. Soplarían vientos a favor del Presidente para encabezar con garantías una tercera candidatura.

Si se cumplen estas previsiones, Rajoy tendrá dificultades para encarar los dos últimos años de la legislatura, sentirá el aliento de Esperanza Aguirre en el cogote y verá alargarse la sombra de Ruíz-Gallardón.

El giro a la derecha de Aguirre, con decisiones como la de obstaculizar la asignatura de Educación para la Ciudadanía, o sus críticas a la nueva política territorial del PP, es estratégico, a la espera de acontecimientos. Porque cuando amaine la crisis, volverá la política. Nos encontraremos a un PSOE que seguirá necesitando al BNG en Galicia y, si gana, a algún partido nacionalista en Euskadi, que podría ser Eusko Alkartasuna o EB (siempre y cuando no se quieran repetir los funestos pactos PP-PSOE de la época de Redondo Terreros).

Y en ese escenario, Aguirre tendría más credibilidad entre sus votantes para hacer frente al PSOE. ¿Piensa en todo ello la lideresa? Parece que sí. Lo que no sabemos, es qué piensa Rajoy, ni dónde está. No sabemos si Rajoy apoya a Mc Cain, o ve bien a Obama. No sabemos qué propone frente a la crisis. No sabemos cuáles son sus planes para Euskadi. En este mapa del tiempo que es la política, Rajoy parece haber desaparecido.

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lunes, septiembre 08, 2008

Sin memoria no hay convivencia

Decía Quevedo que, en un país donde no existe la justicia, es peligroso tener razón. Tal vez fue, precisamente, la razón lo que le faltó a los golpistas, a los “nacionales”, y a los dirigentes franquistas que construyeron durante cuatro décadas un poder absoluto sobre la ausencia de millones de personas, de millones de voces. Por eso, porque nunca les acompañó la razón, pensaron que en España no debía existir la justicia, y quisieron que la transición se convirtiese en una amnistía. Esa fue, en realidad, su condición para aceptar la libertad: el olvido.

Pero una libertad sin memoria no es libre. Una libertad condicionada al olvido, está amputada, y decir que recordar es complicar la convivencia, es hacer un vil chantaje moral. Nadie preguntó a los españoles, en la transición, si querían olvidar. Se les pregunto: ¿Queréis democracia? ¿Queréis paz? Y la gente dijo que sí. Claro, también la querían antes, pero se la negaron. En ningún punto de la Constitución se dijo que España debía sufrir amnesia.

Hoy, cuando el juez Garzón aplica la Ley de la Memoria Histórica, que no enjuicia a nadie (de eso se encarga la Historia, con mayúsculas, no esta ley), que no ajusta cuentas con nadie, lo único que hace es habilitar, hacer posible, la memoria, tantos años prohibida, arrinconada, de nuestros seres queridos: dónde están, dónde los fusilaron y dónde los enterraron. Eso no nos lo pueden quitar. Ese no es el peaje de la convivencia. Lo que hace posible la convivencia no es el olvido del sufrimiento, sino el reconocimiento y la comprensión de ese sufrimiento, y esa sigue siendo una asignatura pendiente de la derecha. Sin dignidad no hay convivencia, sino sometimiento.

Tal vez, quienes no tuvieron razón, son los que ahora no quieren saber nada de la memoria.

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lunes, julio 21, 2008

Pon un Heredia en Málaga

El PSOE de Málaga cuenta, desde hoy, con un nuevo secretario general: Miguel Ángel Heredia. Sucede a Marisa Bustinduy, que ha dirigido el partido durante ocho años. Miguel Ángel tiene 42 años, es diputado nacional, una persona conocida en el hemiciclo por su enorme capacidad de trabajo (varias legislaturas ha sido el diputado con mayor número de iniciativas), y apreciada por su transparencia humana.

El PSOE gana un gran dirigente; Málaga, también. Su vocación de servicio al partido no se entiende sin su compromiso político y personal por una sociedad más justa. Están hechas de la misma madera. De una madera, por cierto, que pertenece al mismo árbol político que la de Zapatero. Ambos lo saben.

Son muchas sus cualidades, muy glosadas durante estos días, pero hoy sí merece la pena que nos detengamos sobre el significado de su victoria. Para el PSOE malagueño, para el andaluz. Para el Sur.

Su victoria es la victoria de todo el socialismo a través de una generación, que incorpora la forma de ver vida y la política de quienes tienen en torno a 40 años. Una generación que no se enfrenta a las de arriba, ni tapona a las de abajo: sólo hay que ver su Ejecutiva, su equipo, con gente de todas las edades. Una generación que no descalifica a nadie por su procedencia, rural o urbana, porque es el camino elegido lo que se comparte. Y ese camino hacia el progreso se recorre desde los pueblos y las comarcas andaluzas, y también desde las ciudades.

Es una generación preparada, profesional, metódica, pero la preparación no es para ellos un privilegio de casta frente a los demás, sino una oportunidad para hacer mejor las cosas, y un derecho propio de la España democrática; un derecho a extender. Su victoria es una victoria a favor, y no en contra de nadie.

Miguel Ángel Heredia abre una nueva etapa, de unidad, en la que no cabe el rencor ni la división. Y sin división, el socialismo será más capaz de frenar a la derecha y sus usos por estas tierras: la especulación salvaje, la perversa política de vivienda con los jóvenes como grandes perjudicados, el boicot de sus ayuntamientos a las políticas sociales del Gobierno central o la Junta, como la Ley de Dependencia.

Su victoria ha tenido una guinda: Magdalena Álvarez como presidenta del partido, y Bernardino León Gross como vicesecretario general. Ahí es nada. Suerte Miguel Ángel.

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lunes, junio 30, 2008

Fútbol

Cuando usted lea este artículo, España ya será campeona o subcampeona de Europa. Pase lo que pase, es un éxito pleno porque, a los buenos resultados, se ha sumado un gran juego. En apenas quince días, España se ha sacudido dos lastres históricos: la de equipo con eterna vocación de fatalidad, y la de fútbol mediocre e indefinido.

Por primera vez en mucho tiempo, la selección nacional ha sabido emocionar al personal, y sin atajos: jugando al toque, con precisión, demostrando que para mantener la portería a cero no es preciso poner un autobús delante de la portería, como hace Italia. Basta con controlar el balón, dominar en el centro del campo y saber mirar a la portería contraria. Los de Aragonés, en fin, han dado una lección de maestría.

Ahora, llegado a este punto, sería bueno también, desde la izquierda, no dejar que la derecha manosee y haga suyo el éxito deportivo. Demasiados complejos hemos tenido en el ámbito progresista con este deporte, por lo que tiene, para algunos, de exaltación nacionalista y fanatismo emocional.

Pero el fútbol, como dijo Juan Villoro, “es la forma de pasión mejor repartida en el planeta”. Algunos escritores, como Vázquez Montalbán, o Javier Marías, lo han rescatado del ostracismo intelectual de quienes lo consideraban un burdo entretenimiento para las masas, un nuevo opio del pueblo. Si algo tiene el deporte rey es su capacidad para reflejar simultáneamente los anhelos, las simpatías, las frustraciones de 5 continentes. Detrás de una competición de naciones, de una medición de fuerzas, hay un sofisticado sistema de convivencia multilateral, de entendimiento y reconocimiento mutuo, lo cual no es nada malo en el complejo mundo en el que vivimos.

Como crisol de aspiraciones, de destinos, el fútbol es, además, un juego catártico, una purga de rencores territoriales y una expresión cultural capaz de canalizar lo autóctono con lo global. Si hoy vemos a jugadores brasileños en equipos andaluces, si estamos familiarizados con apellidos del Este de Europa, o africanos, es en gran medida gracias al fútbol. Por ello, y por formar parte ya indeleble de nuestra cultura, como la televisión o la música pop, como la educación universal o los partidos políticos, dirijamos a este deporte, y a nuestra selección nacional, una mirada no sólo benevolente, sino de profundo reconocimiento y admiración. Se lo merecen.

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lunes, junio 09, 2008

¿Por qué sigue?

Hay algo conmovedor en la obstinada persistencia de Rajoy: por primera vez ejerce de presidente del PP en vez de candidato a presidente del Gobierno. Es decir, ahora toca el partido. Y toca porque la tarea, eternamente pospuesta, de pasar la página del aznarismo no puede esperar más.

Quien perdió en 2004 no fue el señor Rajoy: fue la foto de las Azores, galvanizada por un sinfín de mentiras retóricas que desembocaron en la enorme mentira de Estado del 11-M.

Y quien perdió el 9 de marzo de 2008 tampoco fue Rajoy, sino los demasiado evidentes reductos de alquitrán que aún quedaba de aquella marea negra del PP: teoría de la conspiración, radiofonistas incendiarios, extremismo político personalizado en el inefable dúo Acebes-Zaplana.

En 2004 perdió una foto. En 2008, perdió la insuperable melancolía de esa foto. Perdieron los recuerdos amargos almacenados en el subconsciente de la derecha, y de todos los españoles. Un runrún soterrado, pero audible, cuya presencia hacía imposible que los sectores más moderados de la sociedad española diesen su apoyo al PP.

Y Rajoy lo sabe. Tal vez, Rajoy hubiese perdido igual si hubiese pasado página del aznarismo. Pero habría ahorrado al PP 8 años de desgobierno, de estatismo: de la sombra de Aznar.

Por eso, está por primera vez gobernando el PP, luchando contra “los demonios” del partido. Y, aunque no le sirva para volver a ser candidato, creo que hace bien, y que debemos aplaudirle ahora, justo ahora.

Nunca he votado al PP y no creo que nunca lo haga, pero cuando un poder no democrático trata de usurpar la autonomía de un partido político, aunque no sea el mío, me siento amenazado como demócrata y como ciudadano.

Seamos justos: cuando Aznar puso el dedo sobre Rajoy, también puso el dedo sobre Acebes, Zaplana, y todos los residuos de su mandato. Le dejó el palacio, sí, pero no le libró de las hipotecas.

Salve la autonomía del PP, señor Rajoy. Y luego podrá marcharse tranquilo.

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lunes, mayo 26, 2008

¿Dos almas en el PP?

No me lo creo. Discrepo de la teoría de que en la guerra civil del PP hay buenos y malos, duros y blandos, conservadores y liberales. Lo que hay es una lucha por el poder. Sin paliativos. Sin maniqueísmos fantasmagóricos e inexistentes. Sin más adjetivos que los de descarnada, incruenta, brutal, despiadada y extrema, en consonancia con el hacer de la derecha político-mediática en los últimos años.

Porque, si existiesen esas dos almas en la derecha española, ¿dónde queda el hasta la fecha “moderado” Juan Costa, y ahora reclamado por los duros para una hipotética oposición a Rajoy? ¿Por qué Rato, supuestamente liberal, se ve con Aguirre o Acebes y se niega a hablar con Rajoy? ¿Por qué Francisco Camps, principal aval de Rajoy en este lío gatopardesco, abandona su presumida moderación para impedir de manera alevosa que los niños valencianos reciban “Educación para la ciudadanía” con normalidad?

Sencillamente, están peleándose por el control dentro del partido, y a unos y a otros les interesa camuflar la crudeza de su pugna bajo un manto falsamente ideológico. Porque lo que se ha puesto de relieve, con la falta de liderazgo dentro de la derecha, es que ésta carecía de proyecto político y de unidad. Ahora sabemos que su verdadero temor ante un resultado adverso no era la ruptura de España, sino la suya propia. Ahora hemos descubierto que la verdadera naturaleza del PP es un galimatías de liberales, conservadores, nostálgicos del franquismo, regionalistas, antinacionalistas, excarlistas, demócrata-cristianos, nacional-católicos y yo no sé cuántas tribus más que Aznar mantuvo unidas de la misma manera que Tito evitó, mientras estuvo al frente del país, que Yugoslavia se desintegrase. Es decir, todo, menos una organización con dos almas o dos tendencias claras y opuestas ideológicamente entre sí.

¿Por qué, sin embargo, está haciendo suerte esta interpretación? Porque se trata de una teoría doblemente auspiciada, en su enfrentamiento táctico, por los principales bloques mediático afines a PP y PSOE. A ambos sectores de la prensa les interesa definirse en uno u otro lado del PP, y a un y otro lado del PP les interesa ser definidos por el respectivo apoyo mediático. Es una coartada justificativa mutua. Pero creo que, quien desde la izquierda, piensa que favorece al PSOE apoyando a Rajoy o Gallardón, se equivoca, y mucho. Porque Gallardón, el mirlo blanco de Rajoy, no es sino un esteta de la derecha, un conservador compasivo capaz de ocultar bajo un hábil discurso post-ideológico y tramposamente neutro una afán privatizador comparable con el de Aguirre.

Por eso, yo he decidido no creerme que en el PP haya duros y moderados. Lo que hay es una lucha por el poder, una clamorosa ausencia de proyecto ideológico, y una insoportable forma de hacer política basada en el placaje cainita, la falta de lealtad, el descaro, el exceso verbal, la tergiversación y el amarillismo informativo. Es decir, lo mismo que hemos sufrido los progresistas durante largos años. Eso es lo único que espero que salga derrotado de la batalla que la derecha tiene abierta consigo misma: sus maneras políticas.

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